domingo, 6 de febrero de 2011

Amigo mio, sientate y recuestate. Escucha con atención lo que voy a contarte.

   Existía un país multicolor. Lleno de colores, lleno de vida, parecido al de la abeja Maya pero sin abejas.

Porque en ese lugar que parecía pintado por la mano más pulcra e imaginativa de pintor, tenía algo especialmente desconcertante. Al menos a los críticos ojos de un humano.

ahhhh!!! ¡Qué feliz era la vida en aquel lugar! Todo era apacible y tranquilo, y nada perturbaba ese pequeño paraíso. La felicidad se extendía por todos lados. Era realmente increíble.

                                  Hasta que todo esto termino.

Fruto del pesimismo, del aburrimiento o la maldad, llegaron ellos, con unos trajes de los más extravagantes, enfundados en sus cuerpos ya entrados en carnes y la perfilada sutileza con la que se movían, de piernas abiertas y andares de pato.

             Se llamaban a si mismos los YOGUROIDES.

Extraños eran, esos seres, que dejaron de forma elocuente, pasmada y perpleja a la población del mundo multicolor. ¿Qué eran? se preguntaron. ¿Existían en verdad los extraterrestres? ¿Estaban a punto de ver con sus propios ojos la extinción de su propia raza?
¡ Iban a morir!

Siempre dejándose llevar por el dramatismo, sacaban las primeras conclusiones absurdas que se les ocurrían. Pero al cabo de poco tiempo descubrieron que la realidad era completamente distinta.
                        Habían venido para que se los comieran.

Horrorizados. Escandalizados. Los ciudadanos hicieron patita hacia sus casas, cerrando las puertas con llave y ocultando el rabo, que no poseían, entre las piernas. Sintiéndose seguros por un momento. Pero no duro mucho.

Los YOGUROIDES querían ser comidos, y derribaron puertas, rejas, muros, todo lo que encontraban con el fin de ser consumidos. Persiguieron a los ciudadanos, sin un momento de descanso.


¿Cómo querían que se los comieran? pensaban los ciudadanos. Esos monstruos. ¡Esas abominaciones!

Y además, ¿Qué era eso que tenían como cerebro? objetaban mientras los observaban desde las esquinas de alguna casa, ocultos por unos instantes. Era un líquido viscoso, blanco, y espeso. ¡Eran horribles!

     Pasaron los años, y la persecución seguía.. y seguía.. y seguía.. y seguía...
  Hasta que un valiente tuvo una eficaz idea. Y propuso un pacto entre ellos y los YOGUROIDES.

¿Querían que se los comieran, verdad? Pues lo harían, pero solo con sus descendientes. Los cuales no les parecían tan abominación como sus congéneres.

                              Y dicho y hecho, así se hizo.

     Ese país multicolor, quedo teñido por el esplendoroso color blanco de los yogures.


    Amigo mío, este cuento absurdo se ha acabado.

2 comentarios:

  1. vaya... me dejaste sin saber que decir, le has dado un toque al cuento, en cierto modo tiene sentido... me dejaste pensativa!
    Ens lleigim!
    ptns
    PD: La frase em va agradar molt^^

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  2. No volvere a comer yogur porque pensare que me estare comiendo a los desendientes de los yoguroides jajajajaj

    que estes bien xaus

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